El juego simbólico permite la
exteriorización de conductas aprendidas mediante la observación pero también
estimula el aprendizaje de nuevas. Asimismo facilita la expresión de
sentimientos y la activación de habilidades y competencias socioemocionales, lo
que aporta grandes beneficios en el proceso madurativo de los niños.
Nos referimos como juego
simbólico como aquella actividad lúdica donde el niño –o incluso el adulto-
representa, ensaya, proyecta, fantasea, etc, a través de juguetes o conductas
de juego.
Hablamos de juego simbólico para
hacer referencia al tipo de juego donde se hace uso o predominan los símbolos.
Es decir, donde los objetos que utilizamos tienen un significado añadido, donde
de algún modo se transforman para simbolizar otros objetos que no están ahí.
Objetos, pero también conductas, cuando lo que se hace representa algo
distinto, tiene significado añadido. Es cuando lo real pasa a ser imaginario,
lo literal se convierte en fantasía.
¿A qué edad comienza el juego simbólico?
Se considera que la edad de
inicio para el juego simbólico es a los dos años, según la madurez de cada
niño. Aparece cuando este ha adquirido la capacidad simbólica, es decir, la
capacidad de crear y manejar símbolos, como representantes de la realidad. El
principal instrumento simbólico es el mismo lenguaje.
En el juego simbólico, el niño
imita muy a menudo la vida cotidiana de los adultos, reproduce los dibujos
animados o películas que ve, crea situaciones o escenarios nuevos, fruto de su
cada vez más amplia imaginación. O incluso proyecta sus conflictos internos,
canalizando tensiones y deseos, miedos, que representa para entender mejor.
La capacidad de simbolización
empieza en el segundo año de vida, y se desarrolla a lo largo de la infancia,
apoyada a través del lenguaje y de su complejidad, que también va en aumento.
Algo importante en el juego
simbólico es el juego compartido. Primero con la madre, más tarde con los otros
niños. El lenguaje permite llegar a acuerdos con los niños que comparten el
juego. Esta colaboración se establece gracias a la implementación de un
objetivo común, y a la aceptación de unas mismas normas de juego. Así, pues,
conforme el niño y la niña se van haciendo mayores, el juego gana complejidad,
y pasa de ser eminentemente individual a realizar-se en grupo. Un juego
simbólico de grupo que va a ser crucial para el proceso de socialización.
El juego simbólico como instrumento de aprendizaje
Organizar la sala en rincones es
una estrategia pedagógica que persigue el desarrollo de los distintos
aprendizajes del niño en función de sus necesidades, y a la vez permite su
integración. Se organizan pequeños grupos que juegan a la vez, con supervisión
de sus docentes. Jugando interactúan entre sí, imitan a los adultos, se ponen
en su lugar, y van co-construyendo sus propias narraciones simbólicas sobre la
realidad social. Desarrollan la imaginación, la creatividad, que negocian con
su pequeño grupo, a fin de crear una narración compartida. Se expresan e
intercambian emociones, positivas y negativas. Se crea liderazgo, se aprende a
tomar decisiones personales y en grupo. De este modo, la inteligencia emocional
y la racional se van desarrollando con el sólo acto de jugar.
Ideas para estimular el juego simbólico:
Sentarse a jugar con los chicos.
Ayudarlos a recrear momentos y
situaciones.
Asegurarse de que tenga los
elementos necesarios para ello.
Beneficios del juego simbólico:
Los beneficios del juego
simbólico se observan en todos los planos del desarrollo infantil, desde la
psicomotricidad a la expresión de las emociones, incentivando y estimulando
todo un abanico de habilidades personales y sociales de los niños a la vez que
mejora su capacidad lingüística. Así pues el juego simbólico estimula el
desarrollo de las funciones físicas, psíquicas, afectivas y sociales de los
niños en tanto que:
1. Fomenta la imaginación y la
creatividad.
2. Incentiva el aprendizaje de
nuevas conductas.
3. Promueve la adquisición de
habilidades y competencias sociales como el trabajo en equipo, la cooperación,
la negociación, la empatía.
4. Permite la adquisición de
nuevo vocabulario.
5. Libera tensiones y ayuda a
exteriorizar sentimientos y emociones. Jugando a ser los niños pueden
manifestar sus miedos, angustia, rabia o tristeza de un modo adecuado sin temor
a que nadie les reprenda.
6. Facilita el conocimiento de
sus propias posibilidades físicas desarrollando su psicomotricidad y dominio de
su cuerpo.
7. Facilita el conocimiento del
entorno que les rodea y el funcionamiento de las cosas.
8. Fomenta la autoestima y el
autocontrol, proporciona confianza en uno mismo.
9. Estimula la curiosidad, motor
de cualquier aprendizaje.
10. Ayuda a estructurar el
pensamiento.
'Un niño que no juega será un
adulto que no piensa' (Shchiller)

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