miércoles, 25 de julio de 2018

El ciclo sueño-vigilia en niños


Un aporte esencial de la neurociencia al desarrollo infantil está relacionado con la cantidad y calidad del sueño. Se solía pensar que el sueño era un momento en el que el cerebro se tomaba un descanso, disminuyendo su actividad. En realidad, algunas partes de nuestro cerebro son más activas durante el sueño que cuando estamos despiertos, por lo que el sueño no debe considerarse como simplemente un período de descanso, sino también como un momento para un proceso cognitivo en el cual las actividades de ciertas regiones cerebrales desempeñan un papel decisivo en el aprendizaje y la memoria lo largo de la vida.
Los aprendizajes aunque mediados principalmente por factores ambientales, tienen efectos directos en la consolidación estructural y funcional del cerebro. En este sentido, el sueño es considerado un agente importante tanto para el desarrollo y funcionamiento del cerebro cuanto para el afianzamiento de aprendizajes, ya de carácter bioquímico. La consolidación de la memoria de largo plazo se realiza cuando el cerebro pasa por el sueño profundo (REM) y esto se da desde la primera infancia.
Al igual que la nutrición, el sueño también afecta nuestro organismo y nuestra calidad de vida, dado que la falta de sueño afecta el funcionamiento de la circulación, aumentando el riesgo de infarto y todas las enfermedades del corazón, aumenta la presión sanguínea, el riesgo de diabetes, derrame cerebral, etc. Específicamente en cuanto al funcionamiento cerebral y nuestras funciones mentales, la falta de sueño disminuye la memoria, la atención, nos hace tomar peores decisiones y hace que seamos más propensos a sufrir de depresión y que seamos más lentos en reaccionar. Así, no es de sorprender que un niño que no duerme adecuadamente no sea capaz de aprender adecuadamente, dado que se ha comprobado que durante el sueño profundo se consolidan los aprendizajes y se procesan las experiencias del día.
Aunque es importante entender que los niños pequeños necesitan dormir más horas que los adultos, la cantidad de sueño estará relacionada a las necesidades individuales de cada niño y niña. En las investigaciones acerca del sueño, se pueden llegar a algunas conclusiones con relación al número de horas de sueño (entre sueño nocturno y siestas) durante las 24 horas del día, que no son una regla sino unos lineamientos de referencia:
   Niños y niñas entre 6 y 12 meses: 14 a 15 horas de sueño por día, con dos o tres siestas por la mañana y tarde; •  Niños y niñas entre 1 y 2 años de edad: de 12 a 14 horas de sueño por día, con dos siestas por la mañana y tarde. •  Niños y niñas de 3 a 6 años: de 10 a 12 horas de sueño por día. Los más pequeños con una siesta, normalmente por la tarde, y los mayores de 4 años van perdiendo la necesidad de siesta.
Asimismo, es importante resaltar aspectos vinculados con la higiene del sueño, como un ambiente ventilado, libre de “ruidos sensoriales”, en oscuridad y silencio. Para los niños y niñas, además, se sugiere crear una rutina o ritual para la hora de dormir, conservando los horarios y las actividades previas. El sueño óptimo prepara al infante para aprender cuando despierto, y después de que el aprendizaje ha ocurrido durante la vigilia, los procesos centrales de memoria siguen durante el sueño, en demostración que el cerebro sigue trabajando mientras dormimos.
 Es muy importante que se consideren las necesidades de sueño de los niños y niñas en las diferentes etapas en que se encuentran. Dormir para un niño o niña que lo necesita es tan importante que estar alerta jugando. La cantidad de tiempo que necesita dormir un niño o niña puede estar vinculada a varios factores, entre ellos fisiológico, necesidad de descanso, o nutricional, por tener déficit en algún nutriente o estar por momentos muy prolongados de ayuno. Es en este momento que el adulto responsable debe identificar  las diferentes situaciones y necesidades de manera individual.

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