Un aporte esencial de la
neurociencia al desarrollo infantil está relacionado con la cantidad y calidad
del sueño. Se solía pensar que el sueño era un momento en el que el cerebro se
tomaba un descanso, disminuyendo su actividad. En realidad, algunas partes de
nuestro cerebro son más activas durante el sueño que cuando estamos despiertos,
por lo que el sueño no debe considerarse como simplemente un período de
descanso, sino también como un momento para un proceso cognitivo en el cual las
actividades de ciertas regiones cerebrales desempeñan un papel decisivo en el
aprendizaje y la memoria lo largo de la vida.
Los aprendizajes aunque mediados
principalmente por factores ambientales, tienen efectos directos en la
consolidación estructural y funcional del cerebro. En este sentido, el sueño es
considerado un agente importante tanto para el desarrollo y funcionamiento del
cerebro cuanto para el afianzamiento de aprendizajes, ya de carácter
bioquímico. La consolidación de la memoria de largo plazo se realiza cuando el
cerebro pasa por el sueño profundo (REM) y esto se da desde la primera
infancia.
Al igual que la nutrición, el
sueño también afecta nuestro organismo y nuestra calidad de vida, dado que la
falta de sueño afecta el funcionamiento de la circulación, aumentando el riesgo
de infarto y todas las enfermedades del corazón, aumenta la presión sanguínea,
el riesgo de diabetes, derrame cerebral, etc. Específicamente en cuanto al
funcionamiento cerebral y nuestras funciones mentales, la falta de sueño
disminuye la memoria, la atención, nos hace tomar peores decisiones y hace que
seamos más propensos a sufrir de depresión y que seamos más lentos en
reaccionar. Así, no es de sorprender que un niño que no duerme adecuadamente no
sea capaz de aprender adecuadamente, dado que se ha comprobado que durante el
sueño profundo se consolidan los aprendizajes y se procesan las experiencias
del día.
Aunque es importante entender que
los niños pequeños necesitan dormir más horas que los adultos, la cantidad de
sueño estará relacionada a las necesidades individuales de cada niño y niña. En
las investigaciones acerca del sueño, se pueden llegar a algunas conclusiones
con relación al número de horas de sueño (entre sueño nocturno y siestas)
durante las 24 horas del día, que no son una regla sino unos lineamientos de
referencia:
• Niños
y niñas entre 6 y 12 meses: 14 a 15 horas de sueño por día, con dos o tres
siestas por la mañana y tarde; • Niños y
niñas entre 1 y 2 años de edad: de 12 a 14 horas de sueño por día, con dos
siestas por la mañana y tarde. • Niños y
niñas de 3 a 6 años: de 10 a 12 horas de sueño por día. Los más pequeños con
una siesta, normalmente por la tarde, y los mayores de 4 años van perdiendo la
necesidad de siesta.
Asimismo, es importante resaltar
aspectos vinculados con la higiene del sueño, como un ambiente ventilado, libre
de “ruidos sensoriales”, en oscuridad y silencio. Para los niños y niñas,
además, se sugiere crear una rutina o ritual para la hora de dormir,
conservando los horarios y las actividades previas. El sueño óptimo prepara al
infante para aprender cuando despierto, y después de que el aprendizaje ha
ocurrido durante la vigilia, los procesos centrales de memoria siguen durante
el sueño, en demostración que el cerebro sigue trabajando mientras dormimos.
Es muy importante que se consideren las
necesidades de sueño de los niños y niñas en las diferentes etapas en que se
encuentran. Dormir para un niño o niña que lo necesita es tan importante que
estar alerta jugando. La cantidad de tiempo que necesita dormir un niño o niña
puede estar vinculada a varios factores, entre ellos fisiológico, necesidad de
descanso, o nutricional, por tener déficit en algún nutriente o estar por
momentos muy prolongados de ayuno. Es en este momento que el adulto responsable
debe identificar las diferentes
situaciones y necesidades de manera individual.

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